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NotaPublicado: Dom Ene 16, 2011 3:08 pm 
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Parte de una entrevista a Bourdieu que aparece en "El sociólogo cuestionado" en el libro "Cuestiones de Sociología".

Pregunta: ¿Por qué emplea usted una jerga particular y particularmente difícil que hace que su discurso sea a menudo inaccesible para el profano? ¿No hay contradicción entre denunciar el monopolio que se otorgan los científicos y restaurarlo en el discurso que lo denuncia?

Pierre Bourdieu: Basta generalmente con dejar hablar al lenguaje corriente, con abandonarse al laisser-faire lingüístico, para aceptar sin saberlo, una filosofía social. El diccionario está preñado de mitología política (pienso, por ejemplo, en todas las parejas de adjetivos: brillante-serio, alto-bajo, raro-común, etc). Los amigos de la «sentatez», que están en el lenguaje común como peces en el agua y que –tanto en materia de lenguaje como en todo lo demás- tienen las estructuras objetivas a su favor, puede (eufemismo más o menos) hablar un lenguaje claro como agua de manantial y atajar la jerga de una estocada. Por el contrario, las ciencias sociales deben conquistar todo lo que dicen contra los prejuicios que vehicula el lenguaje común y decir lo que han conquistado, en un lenguaje que está predispuesto para decir algo completamente distinto. Romper los automatismos verbales no es crear artificialmente una diferencia distinguida que mantenga a distancia al profano; es romper con la filosofía social que se halla inscrita en el discurso espontáneo. Poner una palabra en lugar de otra, supone a menudo efectuar un cambio epistemológico decisivo (que corre el riesgo, por lo demás, de pasar desapercibido).
Pero no se trata de escapar de los automatismos de la sensatez para caer en los automatismos del lenguaje crítico, con todas esas palabras que demasiadas veces han funcionado como eslóganes o consignas, con todos esos enunciados que sirven, no para enunciar lo real, sino para tapar las grietas del conocimiento (ésta es, a menudo, la función de los conceptos en mayúsculas y de las proposiciones que éstos introducen, y que generalmente, son poco más que profesiones de fe que le sirven al creyente para reconocer al creyente). Me estoy refiriendo a ese «basic marxism», como dice Jean-Claude Passeron, que ha proliferado durante los últimos años en Francia: este lenguaje automático –que funciona mecánicamente, pero en vacío- permite referirlo todo a la economía, con un reducidísimo número de conceptos simples, pero sin pensar gran cosa. El simple hecho de la conceptualización ejerce, a menudo, un efecto de neutralización, incluso de negación.
El lenguaje sociológico no puede ser ni «neutro» ni «claro». La palabra «clase» jamás será una palabra neutra mientras existan clases: la cuestión de la existencia o de la no-existencia de las clases es un objeto [enjeu] de lucha entre las clases. El trabajo de escritura que se precisa para conseguir un uso riguroso y controlado del lenguaje rara vez conduce a lo que se denomina la claridad, es decir, al fortalecimiento de las evidencias del sentido común o de las certidumbres del fanatismo.
Al contrario de la búsqueda literaria, la búsqueda del rigor conduce casi siempre a sacrificar la fórmula bella, que le debe su fuerza y claridad al hecho de que simplifica o falsifica, por una expresión más ingrata, más pesada, pero más exacta, más controlada. Así, la dificultad del estilo procede frecuentemente de todos los matices, todas las correcciones, todas las advertencias, por no hablar de las continuas referencias a definiciones, a principios, que se precisan para que el discurso contenga todas las defensas posibles contra desvíos y malversaciones. La atención a estos signos críticos es, sin duda, directamente proporcional a la vigilancia –y, por tanto, a la competencia- del lector –lo que provoca que las advertencias sean tanto mejor percibidas por un lector cuanto más inútiles le resulten-. A pesar de todo, se puede esperar que sirvan para desalentar el verbalismo y la ecolalia.

Es posible que la necesidad de recurrir a un lenguaje artificial se le imponga de manera más aguda a la sociología que a ninguna otra ciencia. Para romper con la filosofía social que acecha tras las palabras usuales, y también, para expresar cosas que el lenguaje común no puede expresar (por ejemplo, todo lo que se sitúa en el orden de las evidencias), el sociólogo debe recurrir a palabras inventadas –y protegidas por ello, al menos relativamente, contra las proyecciones ingenuas del sentido común-. Estas palabras se hallarán tanto mejor defendidas contra las desviaciones de sentido en la medida en que su «naturaleza lingüística» les predisponga para resistir a las lecturas apresuradas (es el caso del habitus, que evoca lo adquirido, o incluso la propiedad, el capital) y sobre todo, quizá, en la medida en que se hallen insertas, encerradas en una red de relaciones que imponga sus constricciones lógicas: por ejemplo, alodoxia, que expresa bien una cosa difícil de decir o incluso de pensar en pocas palabras –el hecho de tomar una cosa por otra, de creer que una cosa es lo que no es, etc.- está inserta en la red de palabras con la misma raíz, doxa, doxósofo, ortodoxia, heterodoxia, paradoja.

Dicho esto, la dificultad de la transmisión de los productos de la investigación sociológica se debe mucho menos de lo que se cree a la dificultad del lenguaje. Una primera causa de malentendido reside en el hecho de que los lectores, incluso los más «cultivados», sólo tienen una idea aproximada de las condiciones de producción del discurso que intentan apropiarse. Por ejemplo, hay una lectura «filosófica» o «teórica» de los trabajos de ciencias sociales que consiste en retener las tesis, las conclusiones, con independencia del procedimiento con el que se ha llegado a ellas (es decir, concretamente, en saltarse los análisis empíricos, las tablas estadísticas, las indicaciones sobre el método, etc.). Leer así es leer otro libro. Cuando yo «condenso» la oposición entre las clases populares y la clase dominante en la oposición entre la primacía conferida a la sustancia (o a la función) y la primacía conferida a la forma, esto se entiende como si fuera una exposición filosófica cuando hay que tener en cuenta que unos comen judías y otros ensalada, que las diferencias de consumo, nulas o mínimas para la ropa interior, son muy fuertes para la ropa exterior, etc. Es cierto que mis análisis son el producto de la aplicación de esquemas muy abstractos a cosas muy concretas, estadísticas de consumo de pijamas, slips o pantalones. Leer estadísticas de pijamas pensando en Kant no es algo obvio… Todo el aprendizaje escolar tiende a impedir pensar en Kant a propósito de pijamas o pensar en pijamas leyendo a Marx […]

A todo lo anterior hay que añadirle el hecho de que muchos lectores ignore o rechacen los principios mismos del modo de pensamiento sociológico, como la voluntad de «explicar lo social por lo social», según la expresión de Durkheim, a menudo percibida como una ambición imperialista. Pero, de manera más simple, la ignorancia de la estadística o, más bien, la falta de costumbre en el modo de pensamiento estadístico, llevan a confundir lo probable (por ejemplo, la relación entre origen social y éxito escolar) con lo inevitable, lo necesario. De ahí todo tipo de acusaciones absurdas, como el reproche de fatalismo, o de objeciones sin objeto, como el fracaso de una parte de los hijos de la clase dominante que constituye, por el contrario, un elemento capital del modo de reproducción estadístico (¡un «sociólogo» miembro del Instituto, ha derrochado mucha energía en demostrar que no todos los hijos de politécnicos llegaban a ser politécnicos!).
Pero la fuente principal de malentendidos reside en el hecho de que, generalmente, casi nunca se habla del mundo social para decir lo que es y casi siempre para decir lo que debería ser. El discurso sobre el mundo social casi siempre es performativo: contiene deseos, exhortaciones, reproches, órdenes, etc,. De lo que resulta que el discurso del sociólogo, a pesar de que se esfuerce por ser constatativo, tenga todas las probabilidades de ser percibido como performativo. Si yo digo que las mujeres responden menos que los hombres a las preguntas de las encuestas de opinión –y esto se acentúa a medida que la pregunta es más «política»-, siempre habrá alguien que me criticará por excluir a las mujeres de la política. Porque cuando yo digo lo que hay, se entiende: y está bien que sea así. Igualmente, describir a la clase obrera tal como es, supone exponerse a la sospecha de querer encerrarla en lo que es como en un destino, de querer hundirla o de querer exaltarla. […] De hecho, en la vida cotidiana, no se describe un almuerzo popular si no es para mostrar fascinación o repugnancia; jamás para entender su lógica, para dar razón de él, para comprenderlo, es decir, para darse los medios de tomarlo tal como es. Los lectores leen sociología con las lentes de sus habitus. Y algunos hallarán un refuerzo a su racismo de clase en la misma descripción realista que otros sospechará inspirada por el desprecio de clase.
He aquí los fundamentos de un malentendido estructural entre la comunicación entre el sociólogo y su lector.

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AUTOREFLEXIVIDAD. LARGA VIDA Y PROSPERIDAD.


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